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lunes, 18 de agosto de 2008

LOS SEÑORES DE LA VIDA Y LA MUERTE

"El mejor relato del mundo", escrito por Rudyard Kipling hará un siglo, contiene, entre otras, estas líneas finales:

"Now I understood why the Lords of Life and Death shut the doors so carefully behind us. It is that we may not remember our first and most beautiful wooings. Were this not so, our world would be without inhabitants in a hundred years [...] Grish Chunder was right. Charlie had tasted the love of woman that kills remembrance, and the finest story in the world would never be written."

Doña Gema Vives tradujo el texto del siguiente modo (v. página 162 de El hombre que quiso ser rey y otros relatos, ed. Taifa, Barcelona, 1986):

"Ahora comprendía por qué los Señores de la Vida y la Muerte cierran las puertas con tanto cuidado detrás de nosotros. Es para que no recordemos nuestros primeros y más bellos amores. De no ser así, el mundo se quedaría sin un solo habitante en cuestión de cien años [...] Grish Chunder tenía razón. Charlie había gustado el amor de mujer, que mata el recuerdo, y el mejor relato del mundo no se escribiría nunca."

Es ese tipo de amor el que impulsa a los hombres a arriesgarse, a probar otra vida distinta a la que han cultivado. Esta mañana revisé El jardinero fiel (The Constant Gardener, 2005). La película muestra la lucha entre varias ongs internacionales y una empresa farmacéutica europea que utiliza a la población marginal de Nairobi como conejillo de indias en las pruebas de un nuevo fármaco. Más allá de esta trama, el largometraje cuenta la historia de amor de dos personas muy diferentes: Rachel Weisz es Tessa, una joven idealista, enérgica y valiente que redacta un demoledor informe contra los intereses de la empresa farmacéutica, industria amparada por los amigos de Ralph Fiennes, quien interpreta a un exitoso diplomático inglés, Justin Quayle.

La escritura, al igual que la jardinería en el caso del personaje de esta película, retiene a ciertos hombres. Sin embargo, para algunos sólo la vida de acción resulta auténtica y por ella están dispuestos a morir. No sé si llega a tanto el hombre de letras de nuestro tiempo. A todos nos consta que, en momentos de dificultad, el escritor de raza da lo mejor de sí. Ahí tenemos a tantos mártires del siglo XX que terminaron sus días en siniestros rincones de este pobre mundo por el que muchos pasaron sin gloria alguna, salvo la de resistir con y sin fe, eso tan necesario para andar el camino del martirio. El personaje de Roth sublima sus desdichas con absenta y otros licores, y, entre vapor y vapor, expía su culpa y dignifica su existencia con un último gesto de grandeza moral, que es la humana. Justin Quayle lo logrará por el amor, ese amor de mujer que probó Charlie, el joven protagonista del relato de Kipling, y, sin embargo, despertará: Quayle despertará al mundo, se abrirá intensamente a la vida y renunciará a ella cuando, lejos del refugio, compruebe que nada merece la pena en ausencia del verdadero amor, uno de los primeros y más bellos, excepto terminar la obra que no pudo acabar Tessa, quien fue para él, sin lugar a dudas, el sentido último de su existencia, la flor principal de su querido jardín.

P.S.- La película se rodó en varios poblados chabolistas de Kenia. Con "poblado chabolista" uno no puede hacerse una idea aproximada de lo que son esos infiernos. La pareja protagonista y el escritor John Le Carré, en cuya novela homónima está basada la película, decidieron abrir una fundación para paliar la miseria de aquel lugar. Más información en su página web: The Constant Gardener Trust. El sitio contiene, además, enlaces que el lector de EL BLOG ILUSTRADO debe visitar sin falta. Nuestra propia dignidad y la vida de millones de seres inocentes están en juego. ¿Cuántos días más podrá el mundo rico mirarse al espejo y no sentir asco por permitir tanta iniquidad? ¿Hasta cuándo durará nuestra autocomplacencia? No somos culpables del mal que cometen otros, pero muchos de nosotros podríamos decir BASTA. Si no lo hacemos, si seguimos mirando hacia otro lado, nos convertimos en cómplices de esa vileza.

jueves, 6 de diciembre de 2007

DOS INGLESES EN KAFIRISTÁN

Quien quiera conocer bien cómo fue la vida de Rudyard Kipling puede empezar leyendo las palabras que Jorge Luis Borges le dedicó en sus ensayos literarios (v. tb. las palabras de Chesterton aquí). Vida y obra se terminarán confundiendo a la postre, pues la biografía del escritor inglés -nacido en la India- parece nutrirse de las aventuras, lugares y personas que después encontraremos en sus libros, de modo que el azaroso devenir del inglés podría considerarse, sin miedo a equivocarnos, el perfecto argumento de una gran novela de aventuras.

Al igual que en el caso de Stevenson, no encontraremos ningún renglón aburrido en Kipling. Muchos han apuntado ya que, además de Shakespeare, nadie como aquél escribió en inglés con tan rico vocabulario. Se dice que "usaba el diccionario completo", pero que nunca resultaba pedante. ¿Quién puede olvidar su poema If?

El director John Huston llevó a la gran pantalla uno de sus cuentos. "El hombre que pudo reinar", que los lectores españoles encontramos publicado en varias ediciones, se tituló en el cine The Man Who Would Be King. Sean Connery y Michael Caine protagonizaron este clásico del cine de aventuras y Christopher Plummer dio vida al propio Kipling en una breve -pero memorable- actuación. Si tienen la oportunidad, aprovechen los lectores españoles este puente de la Constitución para disfrutar de este largometraje que reune las esencias del gran cine de aventuras: una buena historia enmarcada en un lugar lejano y exótico, una pareja protagonista con la que el espectador se identifica o simpatiza al instante, dosis de humor y acción, un elemento misterioso (en este caso, la masonería) y la belleza épica del inconfundible sello Huston.

Existe una Sociedad Kipling con página web en inglés que recomiendo a todos los lectores. Me interesó, entre sus muchos enlaces, el catálogo de cuentos y los comentarios a cada uno.

En la imagen superior, Christopher Plummer como Rudyard Kipling; en la inferior, Daniel Dravot (Sean Connery) y Peachy Carnehan (Michael Caine) llegando a la ciudad santa de Sikandergul.

domingo, 1 de abril de 2007

UNA DE CINE


Me llama la atención que, después de llevar unos meses con el blog, no haya escrito practicamente nada sobre cine. Creo que las películas me gustan más que los libros. Salvo excepciones, creo que aquéllas superan a los otros: son un arte más perfecto, más acabado. Cuando uno lee, por ejemplo, ¿qué banda sonora acompaña la lectura de los renglones aparte de la voz que los lee? Algunas de las más grandes recreaciones cinematográficas de los clásicos de aventuras no serían nada si no se apoyasen en la imaginación de un escritor extraordinario. El sustrato fílmico, por lo tanto, es deudor de la empresa literaria; no obstante, la película siempre va más allá que el libro. Algunos textos son ingeniosos y nos hacen reír a carcajadas, pero no siempre la maestría de un gran escritor puede compararse con la chispa repentina de una escena magistral en la gran pantalla. El cine permite la yuxtaposición de planos: la literatura, que se construye con palabras, es tan lineal como la propia lengua (un punto a favor más del cine). La literatura exige mucho al lector; el cine, muy poco: quien toma un libro en sus manos debe adoptar una postura, prestar atención, mostrarse activo y dar por hecho que todo lo que va a leer lo comprende; en cambio, el espectador es pasivo, puede ponerse cómodamente a sus benditas anchas y da igual si conoce el nombre y la utilidad de la mitad de las herramientas de un barco pirata: ya está el sabio director ahí para enseñárselo todo nada más se nombre. Por ejemplo: ¿quién sabe qué es una "braza" y qué ocurre si ésta es "arrancada de su perno" o qué significa "mantenerse a sotavento"? Cuando el narrador nos dice que "desde el frente de la toldilla gritó el contramaestre", ¿quién sabría explicar qué es una toldilla y qué papel cumple un contramaestre en un barco? ¿A qué hace mención un marinero si éste grita: "¡la cubierta se larga! ¡El barco se libra!"? Y estos son ejemplos bastante sencillos: ¡imaginen la descripción somera de la cubierta de un buque o la narración de una batalla naval! En Piratas del Caribe o Master and Commander: al otro lado del mundo, por citar un par de ejemplos modernos, esas dudas son asunto de mínima consideración. Si leemos algún clásico literario, como El negro del Narcissus, de Joseph Conrad, todas esas preguntas exigen una respuesta. El diccionario nos da la respuesta, pero rompemos el ritmo de la lectura y ello acaba con la magia del instante, de la escena trepidante que dejamos a medias. Por eso las salas se llenan para ver a Russell Crowe, pero las librerías agonizan porque nadie quiere leer los avatares de James Wait, el negro del Narcissus que da nombre a la novela de Conrad. Los puristas afirmarán que hay algunas recreaciones cinematográficas infieles, que los vestuarios y la decoración no se ajustan a la realidad y que la escenificación de los hechos resulta patética. El cine también es cultura, pero hoy en día se convirtió en puro espectáculo y a nadie le importa si las calzas de los romanos son como las que aparecen en Ben Hur o no.

Esta semana he recibido una importante remesa de libros. Entre los muchos títulos, el ya citado de Joseph Conrad. Ayer compré un DVD: Lord Jim, protagonizada por un pletórico Peter O´Toole y dirigido por el célebre Richard Brooks, responsable de otras magníficas producciones: A sangre fría, Dulce pájaro de juventud o La gata sobre el tejado de Zinc. Creo que van a volver los clásicos que han cubierto, desde hace años, esa franja tonta de la sobremesa del fin de semana que ninguna cadena ha sabido muy bien cómo tratar (y menos mal que así ha sido). Gracias a ello, en cadenas como Telemadrid se han podido ver los mejores clásicos de aventuras de todos los tiempos. A partir de ahora, EL BLOG ILUSTRADO recordará algunos de esos títulos inolvidables de cuando en cuando. Así todos podremos recordar glorias pasadas que siempre han estado ahí, en el lugar que suelen ocupar los clásicos por derecho propio.

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